Durante más de una década, el país sostuvo un gasto público elevado gracias a los ingresos extraordinarios de los hidrocarburos. Sin embargo, cuando esos ingresos comenzaron a caer, el déficit fiscal dejó de ser coyuntural y se volvió estructural. En lugar de ajustarse al nuevo escenario económico o acelerar una transformación productiva, el Estado optó por financiar la brecha con deuda interna y externa.
El problema, como señalan Dunn y otros expertos, no es el endeudamiento en sí. Toda economía puede recurrir al crédito como herramienta de desarrollo. La clave está en el destino de esos recursos. Si la deuda financia infraestructura estratégica, industrialización o proyectos que amplíen exportaciones, puede generar crecimiento y capacidad futura de pago.
Pero cuando la deuda se utiliza para cubrir gasto corriente, sostener subsidios sin reforma o compensar la caída de ingresos permanentes, el efecto es distinto: se posterga el problema y se encarece la solución. El pago de intereses y capital comienza a presionar el presupuesto público, reduciendo el margen para inversión y aumentando la vulnerabilidad macroeconómica.
A este efecto, la población señala que una deuda debe tener un propósito productivo claro, metas medibles y sostenibilidad financiera. No se trata de alarmismo ni de ideología, sino de matemática fiscal. Si el crecimiento no supera el costo de la deuda y no se generan nuevos ingresos estructurales, el modelo se vuelve insostenible. Bolivia necesita disciplina, reformas y una estrategia de generación de riqueza que permita que el crédito sea motor de desarrollo y no un salvavidas temporal.
Por: Equipo de redacción
