Desde su bastión político en el Chapare, Evo Morales ha hecho una denuncia que reaviva la batalla interna que desangra al Movimiento al Socialismo (MAS). En una entrevista con la agencia internacional EFE, el exmandatario aseguró que el gobierno de Luis Arce está preparando un fraude electoral con ayuda de “extranjeros” para garantizar la victoria del exministro de Gobierno, Eduardo Del Castillo, en los comicios generales del 17 de agosto.
La acusación no es menor. Morales no sólo cuestiona la legalidad del proceso, sino que sugiere que el Estado boliviano, bajo control del Ejecutivo, estaría instrumentalizando recursos públicos, operadores políticos y alianzas transnacionales para intervenir el voto popular antes de que este ocurra.
“La gente ya está comentando que se está preparando un gran fraude con apoyo de extranjeros. Es una vergüenza”, declaró Morales desde Lauca Ñ, ante los micrófonos de EFE.
Morales no da puntada sin hilo. Su discurso está claramente orientado a posicionar su figura como el único garante del “verdadero proceso de cambio”, en contraste con un gobierno al que acusa de servilismo, represión y corrupción. La narrativa del fraude cumple una doble función: por un lado, desacredita cualquier resultado electoral que no lo favorezca; por el otro, busca cohesionar a sus bases desmovilizadas tras la pérdida del control legal del MAS.
La mención a “extranjeros” como parte de la conspiración electoral busca internacionalizar el conflicto y generar sospechas que activen la vigilancia de organismos como la OEA o la ONU. Morales no da nombres, pero deja el mensaje flotando como amenaza simbólica: “esto es más grande que una interna partidaria”.
Lo que antes era una estructura vertical y disciplinada, hoy es un MAS partido en dos. Arce y Morales se disputan no solo la sigla sino también el relato fundacional del instrumento político. Mientras el presidente consolida su control institucional con el respaldo del Tribunal Supremo Electoral (TSE), Morales insiste en que el “MAS renovador” no representa al pueblo ni a los movimientos sociales.
Acusar de fraude antes de que se abran las urnas es una estrategia conocida en la política latinoamericana. Evo ya la utilizó en 2020, cuando anticipó que se buscaba proscribirlo. Esta vez, el mensaje es aún más crudo: según su versión, el gobierno ha pactado un operativo electoral fraudulento para borrar a Evo del mapa político y garantizar continuidad con un delfín obediente.
Pero el escenario es mucho más complejo. Morales también está judicialmente acosado por múltiples procesos. Lanzar la idea de “fraude con extranjeros” le permite victimizarse, cohesionar a su núcleo duro y, en caso de una derrota, argumentar ilegitimidad.
A poco más de un mes de las elecciones del 17 de agosto, Bolivia vive una crisis de legitimidad institucional sin precedentes. Con el Órgano Judicial paralizado, el Legislativo dividido y el MAS fracturado, los comicios se presentan como una batalla existencial para el oficialismo. Morales lo sabe. Y Arce también.
En medio de esta tormenta, Eduardo Del Castillo emerge como el favorito del Ejecutivo, mientras Andrónico Rodríguez y otros sectores disidentes intentan reconfigurar una alternativa de izquierda sin Evo pero sin Arce. En ese escenario de fuego cruzado, Morales vuelve a lo que mejor sabe hacer: confrontar, polarizar y victimizarse.
Esta entrevista no solo lanza una acusación grave contra el Estado. También redefine el sentido de las elecciones: de un ejercicio democrático a una batalla por la supervivencia de dos proyectos irreconciliables. La denuncia de Morales deja en claro que, para él, no hay neutralidad posible. O estás con él, o estás con el “fraude”.
Portada captura gentileza EFE
