En campaña se dicen muchas cosas, algunas para aplaudir, otras para escandalizar. Pero cuando un candidato presidencial boliviano afirmó ante sus seguidores que prender la televisión o revisar el celular solo sirve para “llenarse de caca”, lo que pareció un exabrupto terminó planteando una pregunta incómoda: ¿y si tiene razón?
La crítica de Edmand Lara no se limita al insulto. Va dirigida a un fenómeno que se repite en buena parte de América Latina: medios de comunicación que dependen de la pauta publicitaria estatal y periodistas que, en ocasiones, cruzan la frontera entre la información y la militancia política. En Bolivia, este diagnóstico no es ajeno a la realidad. Diversos observatorios y organizaciones internacionales han señalado que la concentración de ingresos provenientes del Estado pone en riesgo la independencia editorial, mientras que figuras mediáticas de renombre han asumido, en más de una ocasión, un papel de actores políticos con voz y voto en la arena pública.
Ese contexto hace que lo dicho por Lara, con toda su crudeza, no sea un mero desahogo, sino también una estrategia. Convertir a los medios en adversarios le permite presentarse como el candidato “anti-sistema”, alguien que no teme señalar lo que muchos piensan en privado: que la prensa no siempre es neutral ni transparente. Y aunque este discurso conecta con un electorado cansado de la política tradicional y desconfiado de las instituciones, también corre el riesgo de alimentar la desinformación y de profundizar la polarización.
Lo paradójico es que Lara, al atacar a los medios, los coloca en el centro del debate sobre la credibilidad, un terreno donde no basta con la retórica. El periodismo boliviano, si quiere blindarse frente a este tipo de embates, necesita responder con transparencia sobre su financiamiento, con claridad sobre sus líneas editoriales y con un compromiso renovado hacia la verificación rigurosa de datos. Solo así podrá resistir las embestidas de quienes lo cuestionan y recuperar la confianza de una ciudadanía cada vez más escéptica.
La arremetida de Lara podría revelar una tensión latente: la de una democracia que necesita medios libres y creíbles, en un momento en que la desconfianza amenaza con vaciar de contenido el papel de la prensa.
Redacción central La Paz
