La ruptura del gobierno del presidente Rodrigo Paz se hizo completamente visible con el vicepresidente Lara. La denuncia de Justiniano, quien afirmó que Lara solicitó “espacios” dentro de la Policía Boliviana y la FELCN, terminó de dinamitar la ya frágil relación entre ambos. El mensaje fue directo y sin matices: “La Policía no es botín político”, dijo el viceministro, confirmando públicamente un quiebre institucional que venía gestándose desde noviembre.
La reacción dentro de la Policía no tardó en aparecer. Arminda —miembro de la institución que prefirió no revelar su apellido— reprochó la forma en que se expuso el conflicto, cuestionando que Justiniano optara por ventilarlo ante los medios en lugar de manejarlo por canales internos. “En vez de difundirlo, podía haberle llamado. Hay mecanismos de comunicación; no se expone así a la institución”, lamentó, reflejando el malestar que crece entre los uniformados, quienes sienten que fueron arrastrados a una disputa que no les corresponde.
La ruptura entre Paz y Lara ya venía anunciándose. Desde que el vicepresidente se declaró en “oposición constructiva” y acusó al gobierno de corrupción y de gobernar “para los ricos”, el distanciamiento se volvió inevitable. El conflicto escaló aún más cuando Lara cuestionó medidas como el DS 5503 y denunció irregularidades dentro de la Policía, generando una cadena de respuestas que terminaron por quebrar toda relación política y personal en la cúpula del poder.
Hoy, el Ejecutivo no solo lidia con protestas y tensiones económicas, sino con un enfrentamiento abierto en el Palacio. La denuncia de Justiniano no solo es un ataque contra Lara, sino un mensaje al país de que el gobierno opera dividido y sin cohesión. Con la Policía en medio del fuego cruzado y un vicepresidente convertido en opositor interno, el quiebre ya no puede ocultarse: el gobierno de Paz está fracturado desde adentro.
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Redacción central La Paz
