Cuando Smith publicó La riqueza de las naciones, no solo organizó el pensamiento económico existente: creó un nuevo campo de estudio. Han pasado cerca de 250 años desde entonces, y su influencia sigue siendo estructural. Conceptos como la división del trabajo, la eficiencia del mercado y los incentivos individuales continúan siendo pilares del análisis económico.
En esa línea, Milei no solo lo reivindica como “padre de la economía”, sino como alguien que vio antes que nadie las reglas fundamentales del sistema. La analogía con Isaac Newton —recuperada a través de John Millar— no es menor: ubica a Smith en el plano de quienes descubren leyes universales, no simples teorías.
Sin embargo, el problema no está en reconocer su genialidad, sino en cómo se usa hoy su legado. Porque el mundo actual es radicalmente distinto al de 1776. La economía ya no se limita a mercados de bienes físicos, sino que incluye plataformas digitales, datos como activo estratégico, cadenas globales de valor y desafíos como el cambio climático. En ese contexto, reducir el debate a una defensa pura del mercado puede resultar tan limitado como el intervencionismo que Smith criticaba en su época.
Aquí aparece la tensión central: muchas políticas contemporáneas, bajo la bandera de corrección o justicia social, terminan generando distorsiones que recuerdan al viejo mercantilismo. Pero, al mismo tiempo, un apego rígido a Smith puede ignorar problemas que simplemente no existían en su tiempo.
Por eso, más que elegir entre Smith o su negación, el verdadero desafío es otro: actualizar su pensamiento sin convertirlo en dogma. La economía del siglo XXI exige instituciones capaces de evitar tanto la captura del Estado como la concentración excesiva del poder privado. Ese es el terreno donde el debate deja de ser ideológico y se vuelve estratégico.
Por Equipo de redacción
