Las lluvias récord de las últimas semanas han sumergido vastas zonas productivas del oriente boliviano, afectando cultivos en su fase más crítica de desarrollo. Según la CAO, la superficie perdida no solo implica un golpe directo a los productores, sino que también amenaza la estabilidad del sector agrícola, clave en la generación de divisas y en el abastecimiento de alimentos en Bolivia.
El impacto de la crisis no se limita a las 50 mil hectáreas completamente destruidas. La CAO estima que otras 500 mil hectáreas han sufrido daños en distintos niveles, lo que podría reducir aún más la producción esperada para esta campaña. Frerking señaló que, además de las inundaciones, los agricultores enfrentan problemas estructurales como la escasez de combustible y la incertidumbre logística, lo que agrava la situación.
Ante este escenario, la CAO ha pedido al Ejecutivo tomar medidas urgentes, incluyendo la habilitación de fondos de contingencia, planes de drenaje para evitar futuros desastres y el suministro garantizado de insumos esenciales, como diésel. “Estamos ante una emergencia que requiere respuestas rápidas y efectivas. No podemos permitir que los productores enfrenten solos esta crisis”, enfatizó Frerking.
Mientras el sector agropecuario espera que las lluvias cesen para evaluar el daño total y planificar la recuperación, la incertidumbre persiste. La soya, un pilar de la economía boliviana tanto por su consumo interno como por su aporte a las exportaciones, enfrenta una de sus temporadas más difíciles, poniendo a prueba la capacidad de respuesta del Gobierno y del sector productivo.
Redacción central y agencias
