La llegada de Rodrigo Paz al poder marca el fin de una era de populismo y el inicio de un ciclo que promete apertura económica y renovación institucional. Pero los riesgos son evidentes: un Parlamento fragmentado, deuda creciente y tensiones con sectores sindicales que esperan respuestas rápidas.
En este escenario, la figura de Jaime Paz Zamora cobra relevancia. Su experiencia como articulador político en el gobierno de coalición (1989-1993) ofrece lecciones valiosas sobre negociación, equilibrio de poder y diplomacia. Fue un presidente pragmático, capaz de mantener relaciones internacionales con Estados Unidos y Cuba al mismo tiempo, y de sostener un clima político estable sin mayorías absolutas.
Sin embargo, también conoce los errores que deben evitarse: los pactos mal comunicados, la distancia con la sociedad civil y la lentitud en reformas institucionales. Esa memoria política puede convertirse en un activo silencioso para Rodrigo Paz, que deberá construir legitimidad en un país donde la confianza ciudadana hacia el poder está severamente erosionada.
Más allá de los vínculos familiares, el expresidente podría cumplir un rol de “asesor moral”: un referente de prudencia, sin ocupar espacio público, pero recordando a su hijo que la verdadera gobernabilidad se sostiene en la transparencia y el diálogo.
Es decir en Bolivia, donde la política suele girar en ciclos repetitivos, escuchar a quienes sobrevivieron a las crisis del pasado no es debilidad, sino inteligencia estratégica. Si Rodrigo Paz logra aprender de la experiencia de Jaime Paz Zamora sin depender de ella, podrá avanzar hacia un liderazgo moderno, sin caer en los errores de una vieja generación.
Redacción central Cochabamba
