El paso de Rodrigo Paz por la Alcaldía de Tarija dejó una lección que parece repetirse: la estética del progreso no siempre llena el vacío de las necesidades básicas. Mientras su narrativa se centraba en convertir a la capital chapaca en una «Ciudad Inteligente» con obras de gran impacto visual, la desconexión con las demandas de barrios periféricos alimentó la percepción de una gestión que hablaba un idioma distinto al del ciudadano común. Ese «mástil» de su comunicación municipal se convirtió en el símbolo de un mensaje que priorizaba el símbolo sobre la urgencia.
Tras su salto al Senado, su perfil comunicacional se tornó más técnico y deliberativo, pero no por ello más cercano. En el Legislativo, Paz se consolidó como un analista de datos y presupuestos, una faceta que, si bien le otorgó peso intelectual frente a la opinión pública informada, profundizó la brecha con las mayorías. Su comunicación se volvió reactiva y, en ocasiones, ambigua, tratando de equilibrar el peso de su herencia política con la necesidad de proyectarse como una figura de renovación nacional sin un anclaje popular sólido.
Hoy, desde la silla presidencial, esa «mala comunicación» ha dejado de ser un problema de imagen para convertirse en un riesgo de gobernabilidad. En un escenario de crisis de suministros y tensiones cambiarias, el gobierno ha optado por un discurso de «sabotaje externo» que, aunque sea técnicamente sustentable, no logra calmar la angustia en las estaciones de servicio o los mercados. La brecha entre lo que el gabinete considera «hacer las cosas bien» y lo que la gente percibe es un espacio de ruido donde la desinformación gana terreno diariamente.
El desafío de Paz en 2026 radica en transformar su comunicación de un monólogo técnico a un diálogo empático y pedagógico. No basta con ejecutar políticas públicas correctas si el relato que las acompaña suena a justificación o a teoría económica abstracta. Para que su gestión no sea «tergiversada por el ruido», el gobierno necesita abandonar la defensiva y empezar a explicar el beneficio directo de sus medidas en la mesa del ciudadano, antes de que el silencio oficial sea interpretado definitivamente como ausencia de soluciones.
Por Equipo de redacción
