El exmandatario sostiene que el sistema judicial no puede reformarse únicamente desde sus propias estructuras ni desde una lógica corporativa. Una transformación real exige la concurrencia de voces ciudadanas, academia, colegios de abogados y sectores sociales, pero sobre todo una decisión política firme de iniciar y sostener el proceso en el tiempo. La diferencia es clave: una política de gobierno es transitoria; una política de Estado trasciende gestiones y colores partidarios.
Sin embargo, la discusión no se limita al diseño institucional. La reforma debe ser integral. Esto implica revisar el modelo de selección de autoridades judiciales, fortalecer la meritocracia, garantizar independencia real y corregir distorsiones normativas que generan retardación y desconfianza. Pero también supone abordar un componente menos visible y más complejo: la cultura institucional.
En la práctica cotidiana, muchos ciudadanos perciben que el sistema es inaccesible y excesivamente intermediado. Si bien el abogado es el actor técnico natural dentro de un proceso, la justicia no puede convertirse en un circuito cerrado donde el ciudadano común queda desplazado. Una justicia moderna debe asumirse como servicio público, con información clara, trato adecuado y eficiencia procesal.
El punto más desafiante es la ética. La independencia judicial sin ética puede derivar en corporativismo. Y la ética no se impone con talleres o cursos eventuales; es un proceso de formación desde la universidad, reforzado por el ejemplo institucional y sostenido por mecanismos efectivos de control y sanción. Sin un cambio cultural profundo, cualquier reforma normativa corre el riesgo de ser meramente cosmética.
El debate planteado por Rodríguez Veltzé abre una discusión de fondo: ¿qué tipo de justicia necesita Bolivia? Más que un rediseño técnico, el país requiere una transformación estructural que combine independencia, meritocracia, eficiencia, cultura de servicio y formación ética. Sin un pacto político plural que respalde esa visión como política de Estado, la reforma judicial seguirá siendo una promesa recurrente y no una realidad tangible.
Por: Equipo de redacción
